El alquiler de corta duración suele abarcar períodos desde unos días hasta varios meses, siendo ideal para turistas o personas en estancias temporales. Por otro lado, el alquiler de larga duración implica contratos de un año o más, orientados a quienes buscan una residencia permanente. Ambos modelos tienen ventajas específicas según tus necesidades como propietario o inquilino.